Los hospitales siempre me han traido esa extraña sensación de que todo anda mal.
Es cosa de entrar, verlo todo blanco y medio lúgubre, un tanto helado. Es ahí cuando empezamos a interpretar, y todas las personas que vemos nos parecen enfermas, que le duele esto o aquello, salen con parches, con marcas, no pueden caminar, sillas de ruedas y muletas.
Ahora era un poco diferente. Iba a ver un nacimiento.
- Disculpe, buenas tardes.
- Buenas. Diga?
- Usted va a tener un hijo?
- Como voy a tener un hijo pue’ hombre, mi señora.
El pabellón de neonatología era claro, baldozas blancas con detalles verde claro resaltaban la luz, tratando de dar a entender que no es tan lúgubre un hospital como parece, que la venida de un niño al mundo debe ser clara, qué se yo. Traté de interpretar los colores, pero seguramente son colores predeterminados, ya que otros pabellones del hospital también los tienen. De todas maneras, no era tan triste como yo creía.
José esperaba a su esposa que acababa de entrar al pabellón. Ramiro iba a nacer, era el primero “de los 10 que vendrán” como dijo bromeando el papá chocho, para luego retractarse y decir “diez? Estás loco!”.
- El primero. Disculpe la pregunta, pero fue de casualidad?
- Jajajajaja, estos periodistas. Bueno, si, ni tan casual. Pero si.
- Y todo bien?
- Todo muy bien, ya estoy esperando para enseñarle algunas cosas.
José es maestro carpintero, pero tiene un extraño carisma y demuestra que sabe de muchas otras areas. Tiene un léxico sumamente amplio y una extraña manía por sobre acentuar las palabras. A veces habla un poco chistoso y tengo que disimular la risa, miro hacia abajo y me cubro la cabeza. La grabadora no le molesta y a instantes la olvida, las miradas no quedan registradas, pero está nervioso. Muy nervioso.
- Un cigarro?
- Si, pero acá no se puede fumar, vamos para afuera – me dice después de apuntar un letrero enorme de no fumar.
Atravesamos el pasillo, pasamos por una de las alas laterales del hospital, atravesamos una puerta de vidrio y salimos a uno de los patios del costado.
- Yo no tengo, a si que convídame uno.
- Claro, pero no fumo muy fuerte.
- Y yo no fumo, pero hoy es ocasión especial, no creo que siga fumando.
- No fumaba? – y me sentí culpable por invitarlo un cigarro.
- Ya se me había olvidado, que agradable.
- Espero que no lo tome como hábito, el cigarro mata.
- Si, pero uno no es ninguno. Usted sabe.
- Como se va a llamar su hijo?
- Me parece buen nombre Platón.
- En serio!?
- Si, pero mi señora no quiere. A si que Jorge nomás.
- Claro, es más común y se ahorra las burlas en el colegio – y no le quise decir que también se ahorra las burlas de los amigos, de los primos, de todo el mundo.
Empezamos a conversar de autos, del hospital, compartíamos el mismo prejuicio, que el hospital es para los enfermos y que cuando una mujer va a dar a luz, se transforma la percepción y los dejamos de ver como lugares muy fúnebres, aunque tambien lo son porque muere mucha gente a diario.
Volvimos al pabellón, José preguntó por “la Rosa” que aún estaba esperando para que le sacaran a su hijo del vientre –o como preferiría decirle yo, muy personalmente, “que le removieran el bulto del estómago”- y así poder descansar, algo.
Se hacía tarde y debía devolverme. Me despedí con el compromiso de volver al día siguiente y ver si consigo ver al bebé recien nacido, conversar algo con la madre.
Me fui a la casa mirando el piso, era una experiencia nueva y tengo ese extraño sentimiento de autoevaluación cada vez que vivo algo diferente. Me fui examinando hasta que la constelación asociativa dió un giro y empecé a pensar en lo feas que son las guaguas recien nacidas. No “recien” cuando las sacan del vientre, porque ahí están llenas de líquidos, que el cordon umbilical, que la placenta, que la sangre, los gritos, etc, ya, no me parece agradable. Pero después, cuando se ven medio inchadas, las cabezas casi inflamadas como esas cabezas gigantes Olmecas, ojos medio achinados el pelo escaso y sobre la frente, qué se yo, medio inflamadas.
Volví al día siguiente. No encontré a José de inmediato y pensé “hasta acá llegué, no puedo irrumpir así como así y preguntarle a la Rosa como está”. Me di unas vueltas, vi unas revistas y llegó José a ver a su esposa, a la misma hora que me dijo que estaría. Excelente. Entró el primero, salió y me hizo su confesión suprema:
- Sabes? Yo siempre había pensado que todas las guagas son feas.
- Yo también, lo pensé justo ayer.
- Pero la mía es preciosa, segurito que a Jorge me lo piden como modelo
- Usted cree? Tanto asi?
- Que no ve al padre? – y se ríe con esa risa de Mafioso que pocos tienen y que muchos tartan de imitar.
- Y yo lo puedo ver?
- Si, está en una salita, se lo van a pasar a mi señora y usted puede entrar conmigo a verlo.
Me contó que le habló de mi a su señora y ella estaba contenta de que alguien documentara el nacimiento de su primer hijo. Espero que si esto lo leen alguna vez, no se enojen, es el sentimiento que tengo. Pero no creo.
Entré y vi a Rosa –bastante más bonita de lo que me la imaginaba, con pelo castaño oscuro, tez muy blanca y ojos pardos, contextura normal tirada para gruesa, con ojos muy pacíficos y actitudes muy dulces- acostada, poco arreglada pero bella. Sostenía al Olmeca Jorgito con los dos brazos y lo miraba, como si le contara los pelos que tenía en la cabeza, que por lo demás no eran muchos.
Ahí me di cuenta que la objetividad se pierde por completo con los hijos. Y el dicho de “solo tus papas te encuentran bonito” es cierto, porque sinceramente, no era estéticamente agradable Jorgito. Les di las gracias, lo mire por última vez y me puso una extraña cara de satisfacción. Y claro, estar 9 meses encerrado no debe ser agradable.
Me fui para la casa y me sentí cruel. Llegué y busqué en el closet los antiguos álbumes familiars que guardo, vi muchas fotos hasta que encontré mías de bebé. Sorpresa, yo creía que era agraciado, pero no, era un Olmeca más, con la cabeza inchada, inflamada, si, un niño gracioso, debemos decirlo, pero sumamente cabezón.
Ahí descubrí que todos nacemos cabezones y después el cuerpo crece más y la cabeza se deja de notar tanto. La experiencia estuvo interesante. En algún momento voy a descubrir que no todo es estético y que los cabezones tienen su mundo aparte donde son queridos y alabados.
Por mientras, seguiré viendo a los bebés y seguiré pensando que son feos, achinados y cabezones.